- Viento que apenas rozas mi cara,
llenado de fresco aire mi casa,
que con tu piel renuevas aquello que abrazas,
¿me traes contigo todo aquello que no encuentro?
¿vienen de tu mano los regalos con los que sueño?
- No, mis maletas están vacías.
No llevo anhelos,
ni añoranzas,
y mucho menos deseos.
Solo me acompaña el aroma del mar,
y parte del desierto cercano que te rodea.
Ya sabes que no puedo limpiar tu casa,
ni tampoco blanquear el alma,
ni me llevaré el polvo de tu camino.
- Te entiendo amigo mío.
Hace tan poco tiempo que aprendí
a no preguntar donde no existe la respuesta,
a interpretar las señales que nos muestras,
a leer el texto de una sonrisa,
a no juzgar las intenciones de las gentes,
que aun no sé fiarme de mi destino,
ni a cambiar de camino si las piedras me molestan.
La impaciencia no me deja ver que la marcha es muy lenta,
pese a lo cual te hace llegar siempre al destino.
La pereza me suplica llorando que atraviese las montañas,
aún conociendo que el paisaje solo se ve desde la cumbre.
La avaricia me invita ha ahorrarme la más dura parte del camino,
consiguiendo solo que vague por campos desconocidos.
- Pues continua andando querido compañero
y no abandones el camino cuando el cansancio te llegue.
Recuerda que no debes dormir en posadas desconocidas
donde la noche te envuelve y el alma se adormece.
Disfruta solo de aquellos manjares que vengan de manos limpias
y bebe el agua clara de los arroyos rechazando con firmeza el hidromiel.
No te apoyes en el bastón si desconfías de su firmeza,
quien sabe andar no necesita de ese soporte.
No corras trás de mi para alcanzar tu destino
pues saldrá a tu encuentro su claridad cegadora.
No me pidas que durante la noche te acune en mis brazos,
sabes que solo te sentiras protegido al acabar la vereda.
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