Hace muchos años, en una ciudad costera de Inglaterra, vivía un hombre menudo, de andares lentos y desacompasados, pelo ralo y de ojos enérgicos pero bellos, al cual le gustaba pasear, con su paso corto, por los muelles del puerto, llegando hasta el final del mismo, emprendiendo el camino de regreso a su casa. Tras pasar el umbral de su hogar y encender su pipa, en un único movimiento, seguido de un lento recorrido hasta la biblioteca, donde escogía un libro al azar, dejando que se abriese par cualquier página, ensimismándose con cada párrafo hasta que los ojos se cerraban, confundiendo el texto con los sueños, momento idóneo para marcharse a descansar al pequeño catre que ocupaba el fondo la estancia.
Así hacia diariamente tras salir de su pequeño taller de zapatero. Leonard "el irlandés", que así le llamaban, pasaba los días entre el taller, los paseos y la lectura, intercalando más a menudo de lo que deseaba, sus recuerdos de joven cuando fue marino y recorrió los siete mares, recogiendo la cosecha que las aguas ofrecían.
Un accidente en una de aquellas jornadas de pesca, fue el que le obligo a empeñarse más de lo que podía con un prestamista, para comprar su pequeño negocio. Desde el momento en el que aquel arpón se le clavo en el muslo, le cambio la vida para siempre. No podía embarcarse, pues, los pasos rápidos y ágiles de antaño, se convirtieron en cortos, lentos e inseguros. Por eso, todas las noches, cuando se le cerraban los ojos con la lectura, cada palabra era una ola, cada acento una gaviota, cada punto el reflejo de la luna en el azul plata del mar. Cada noche se convencía más, cada sueño le acercaba la idea de adquirir un barco, para volver a sentir el vaivén de las olas bajo sus pies.
En cada uno de sus paseos por los muelles, analizaba cada barco, cada bote que encontraba en venta. El negocio era próspero, ya tenia tres empleados, y se podía permitir aquel lujo, teniendo en cuenta que la suma prestada en sus comienzos, había sido devuelta con creces hacia tiempo. Siempre había creído que eran las naves quienes elegían a sus propietarios, no al contrario, tal y como suelen pensar los hombres con mentes enfocadas exclusivamente a los negocios. Sabía que el día que su barco le encontrase a él, lo vería tan claro como un día soleado en la campiña cercana a su ciudad, que lo descubriría como a un girasol sobre un campo de amapolas.
Por ese motivo, cualquiera que le hubiera observado en sus recorridos por los muelles, automáticamente pensaría, que todos y cada uno de los barcos amarrados eran de su propiedad, tal era el amor con que los miraba. La verdad era que, únicamente tres de entre todos aquellos barcos le habían llamado desde el fondo de sus pequeñas bodegas, que es donde reside el corazón de los barcos.
El primero lo vio llegar en realidad, no en uno de sus paseos, sino desde la ventan de su casucha, cercana al mar. Aunque no le llamo la atención en un principio, tiempo después lo descubrió escondido entre otros y fue cuando “Rosa Rosae”, así lo habían bautizado, le cantó al oído. Era un barco bello, estilizado, de largo velamen. Agradable a las miradas y a buen seguro fácil y fiable en su manejo, aunque enérgico sin duda. Solo tenía un problema, a pesar de que todo su influjo le reclamaba, su propietario no tenia intención de venderlo. Era su bien mas preciado, aunque lo descuidase y maltratase, no limpiando su casco de incrustaciones y salitre, por lo cual, sus nobles maderas comenzaban a deformarse, llegándose a producir pequeñas vías de agua, cada vez mas frecuentemente.
El segundo era el más bonito de todos, no a los ojos del resto de marinos, pero si a los suyos. Era una nave de casco totalmente negro, que en su interior reservaba rincones que, él intuía, guardaban miles de sensaciones ocultas al resto de mortales, y que Leonard percibió en las seis o siete visitas que había realizado al mismo. Aunque era el que mas le gustaba, no era menos cierto que seria el que mas le costaría de adquirir. Había entablado días atrás negociaciones con su propietario, el cual pidió una suma desorbitada al principio, posteriormente le dijo que ya no estaba en venta, para días mas tarde preguntarle, a modo de advertencia según le pareció, el motivo por el cual debería vendérselo, cuando tenía otro comprador dispuesto a pagar una suma mayor, al cual se había negado a vender de todas formas.
Esto le desconcertó, pero logró encontrar la única respuesta que tenia para aquella pregunta. El propietario del “Egeo” le miraba con curiosidad esperando.
- Porqué, a pesar de que ofrecen mas dinero por el, en realidad tu deseas que yo sea su nuevo propietario. Amas este barco tanto como yo empiezo a amarlo. Los dos tenemos la misma ilusión en la mirada cuando paseamos por el. Además, si no tuvieras esa intención, no le habrías puesto precio. Solo tienes una duda, saber si lo cuidare como si fueras tú mismo. Y esta duda es a la vez tu miedo, puesto que sabes que así lo haré. Te da pavor saber que otra persona lo amara tanto como lo amas tú.
Tal y come se temía, a pesar de sus argumentos, de las visitas posteriores al barco junto a su dueño, el cual le contaba en estas los múltiples detalles de cada uno de sus viajes realizados en el “Egeo”, acabó por negarse a vender.
Esto le produjo una angustia mayor de la que esperaba, aunque pensó, engañándose a si mismo, qué algún día acabaría cediendo a sus pretensiones y ante eso, solo podía esperar. Una noche, mientras paseaba de nuevo por los muelles, pudo comprobar que el dueño del “Egeo” se encontraba recogiendo los aparejos de pesca, antes de pasear por la taberna donde solía pernoctar. Le saludó para simplemente desearle buenas noches, prosiguiendo después su camino, pero este le ignoro, como si su voz fuera el débil sonido de las últimas gaviotas del atardecer.
El zapatero se entristeció aun más, dando por perdida para siempre la nave, Todos los proyectos, todos los viajes, todas las lunas que había soñado con admirar desde su popa, se desvanecieron de pronto y para siempre, perdiéndose junto a sus palabras de saludo en la negritud de la noche.
Continuando su camino hacia el final del muelle, la cabeza agachada con la mirada perdida en las piedras que formaban el suelo. El sonido de sus pasos, martilleaban sus pensamientos, mientras densas lágrimas caían de sus ojos, sin poderlo remediar, recorriendo los surcos que los años en alta mar, habían dibujado en su rostro. Tan perdida estaba su mente, le pasaba siempre que no entendía las reacciones de la gente, que tardo en darse cuenta unos instantes, que una voz le preguntaba:
- ¿De verdad quieres un barco? Tengo uno en venta que te puede interesar.
Quien se dirigía a él, era un hombre enjuto, no mucho más alto que él mismo, de manos agarrotadas por sus años de pescador, profesión que delataba su indumentaria. La sonrisa abierta del hombre le miraba. Y continúo hablando:
- Ya sabes que esto es una ciudad pequeña, y que para guardar un secreto, tienes que hacerlo en tu interior. Deberías saber que Jonathan no guarda ninguno cuando ha acabado su quita pinta de cerveza.
Leonard le miro estupefacto. En principio por la pregunta y el posterior comentario, pero además, por que si el barco al que se refería, era el que se hallaba justo detrás, “Lady of Sea” era su nombre, siempre que la suma fuese aceptable, no le importaría negociar. Al viejo no le pasó inadvertida su vista fija en la nave:
- Solo pido 300 Libras por el. Es un barco noble. Nunca en estos treinta y seis años me defraudó. Y por lo que sé de ti, lo cuidaras como si fuera hijo tuyo.
- Déjame que lo piense. -contestó Leonard-, Si sabes realmente de mi, sabrás también que una vez que elijo las pieles para mis botas, nunca cambio de idea. Aunque te aseguro que tu oferta me agrada, por lo cual, te prometo que la tendré en consideración y te contestare en cuanto pueda.
- Puedes pensarlo cuanto quieras, -replicó el viejo-, es “Lady of Sea” quien te ha elegido, no yo, y ella no tiene prisa.
El viejo le hablaba del barco como si fuera una mujer. Eso mostraba claramente lo que sentía por la nave. Quien muestra tal lealtad a lo que ha sido su herramienta de trabajo, normalmente solo la entrega a un igual.
Los días pasaron lentamente, y Leonard decidió no aceptar la propuesta del viejo. Aunque buena, su corazón, que no su mente, le decía que esperase su oportunidad por la nave azabache. Esto no evito de manera alguna, que todas las noches de los siguientes meses, detuviese su camino junto a la nave para charlar con el viejo. Le caía bien y la conversación era agradable. La vida del viejo, en forma de novela, era tan interesante que procuraba no interrumpirle una vez comenzaba a hablar.
Una noche de finales de agosto, sentados en el camarote del barco, el viejo le habló así:
- Sé bien, desde hace ya tiempo, que tienes una decisión tomada respeto a “Lady of Sea”.
- Es cierto. Hace tiempo que tomé una decisión. No quiero que pienses que nuestras charlas durante estos días tenían otra intención que simplemente disfrutar de tu compañía. Respecto a la compra de tu barco, el que tú llamas mi barco, no me es posible aceptar, pero quiero que entiendas los motivos que me llevan a tomar esta decisión. Aunque es una nave excelente, también yo lo sé, como bien dijiste en nuestra primera conversación, son los barcos quienes eligen a los pilotos, pero a su vez, durante el tiempo transcurrido he comprendido, que, en menor medida, nosotros también elegimos a nuestros barcos. Y aunque es cierto que “Lady of Sea” me reclama, mi interior sabe bien que no seré feliz navegando en ella. Seguiría añorando al “Egeo” aunque nunca sea mío. A pesar de que el otro comprador se quede con el. Y debo seguir los criterios de mi alma en este caso, al menos hasta que cambie de opinión. Si por otra parte, te preocupa que esto impida que nos volvamos a ver, quiero que estés tranquilo. Volveré cada noche para conversar contigo, y quizá, algún día, acepte tu oferta, pero también puede ser que el propietario del “Rosa Rosae” cambie de opinión y yo me decida por ella. Y ante una decisión tan importante como esta, debo tomarme más tiempo. Buenas noches amigo mío.
Leonard se marchó lentamente, con sus pasitos cortos e inseguros hasta su hogar, su único refugio real. Mientras tarareaba una canción de su Irlanda natal, el rumor de las olas le acompañaba en su recorrido.
“As down the glen one Easter morn to a city fair rode I There Armed lines of marching men in squadrons passed me by. No pipe did hum nor battle drum did sound its dread tattoo. But the Angelus bell o’er the Liffey’s swell rang out through the foggy dewRight proudly high over Dublin Town they hung out the flag of war ‘Twas better to die ‘neath an Irish sky than at Suvla or Sud-El-BarAnd from the plains of Royal Meath strong men came hurrying through While Britannia’s Huns, with their long range guns sailed in through the foggy dew Twas England bade our wild geese go, that “small nations might be free”; Their lonely graves are by Suvla’s waves or the fringe of the great North Sea. Oh, had they died by Pearse’s side or fought with Cathal BrughaTheir graves we’d keep where the Fenians sleep, ‘neath the shroud of the foggy dew. Oh the night fell black, and the rifles’ crack made perfidious
(Cuando una mañana de Pascua atravesaba yo la cañada camino de una feria en la ciudad. Había filas de hombres armados marchando en escuadrones que pasaron cerca de mí. Ninguna gaita tarareó ni el tambor de la batalla hizo sonar su pavorosa marcha. Pero la campana del Ángelus sobre el oleaje del río Liffey zumbó a través del rocío brumoso. Erguida orgullosamente alta sobre la ciudad de Dublín, ellos izaron la bandera de la guerra. Era mejor morir bajo un cielo irlandés que en Suvla o Sud-El Bar. Y a través de los llanos del monárquico Meath los hombres fuertes vinieron deprisa. Mientras los hunos de Gran Bretaña, con sus armas de largo alcance, navegaron a través del rocío brumoso. Fue Inglaterra quien ofreció a nuestros gansos salvajes irse, que “las naciones pequeñas podrían ser libres”; Sus tumbas solitarias se hallan por las olas de Suvla o en los límites del gran Mar del Norte. Oh, ellos tenían que morir junto a Pearse o luchar con Cathal Brugha. Sus tumbas las guardaríamos donde sueñan los Fenianos, bajo el sudario del rocío brumoso. Oh, cayó negra la noche, y el crujido de los rifles hizo tambalear a la pérfida Albión. En la lluvia de plomo, siete lenguas de fuego brillaron sobre las líneas de acero. En cada filo brillante había una oración, que a Irlanda sus hijos le sean fieles. Y cuando rompió la mañana, la bandera de la guerra aún sacudía de sus pliegues el rocío brumoso. Oh, cayó el más valiente, y la campana tocó réquiem lúgubre y claro por los que murieron en la Pascua de esta primavera. Y el mundo miró, profundamente sorprendido, a esos hombres audaces, aunque pocos, que engendraron la lucha para que la luz de la libertad pudiera brillar a través del rocío brumoso. Cuando regresé a través de la cañada otra vez, mi corazón me dolía de pena al separarme entonces de los hombres valerosos que nunca más volveré a ver. Una y otra vez en mis sueños me arrodillo y rezo por vosotros, que abandonasteis la esclavitud, oh, muertos gloriosos, cuando caísteis en el rocío brumoso.)
viernes, 22 de junio de 2007
Leonard
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