viernes, 13 de julio de 2007

La rosa

Un hombre paseaba distraído por la ciudad, mientras recibía los rayos del sol en el rostro, contemplando a las gentes con las que se cruzaba sin preocuparse de nada más, pero algo llamó su atención. Una voz le llamaba suavemente. Giró la cabeza y descubrió una puerta de rejas que encerraba un jardín repleto de flores. Se detuvo frente a ella y tras empujarla suavemente, esta cedió. Penetró en el jardín y se asombró ante los colores y fragancias que percibía, mientras aquella voz seguía reclamándole.

Lentamente, dirigió sus pasos hacía donde provenía la llamada. No era una petición de auxilio, sino una tonadilla que le embriagaba y que le indicaba el camino a seguir.

En su mente saltó la alarma: “No sigas. Detente.” Reaccionando ante ese pensamiento, se paró en seco y se dispuso a disfrutar de la imagen que tenía ante si. No quería seguir adelante, pero tampoco quería marcharse de allí, por lo cual decidió centrarse en algo que lograra sacar de su mente aquella llamada.

Se acerco a la flor más próxima, aspirando su aroma, pero al final tuvo que admitir que aquella no era por esa flor la que había conseguido centrar su atención para entrar en el jardín, por lo cual siguió caminando hasta localizar la voz que le reclamaba y que se mostraba celosa por fijarse en otra que no fuera ella.

Cuando la encontró pudo comprobar que se encontraba escondida entre el resto, no tenía nada especial, no había nada que lograra llamar la atención, era normal, mucho más que las demás.

Se sentó al lado de ella para poder contemplarla, descubriendo sus imperfecciones, y por ellas empezó a quererla. Comparada con el resto, no era la que tenía el color más saturado ni sus pétalos eran los más perfectos, definitivamente no era la más bonita de ese edén, pero si la que lograba que su espíritu volase hasta donde nadie le había llevado nunca.

Mientras, ella seguía reclamando su atención. Le recordaba constantemente que era ella quien le había llamado, que era ella quien le eligió, y que no quería que prestase atención al resto de sus hermanas, puesto que lo deseaba para ella sola.

La rosa estaba en lo cierto, y descubrió por su parte que él también la deseaba y por mucho que tratara de olvidarla su mirada la buscaría siempre. Alargó su mano temblorosa mientras la flor cantaba su melodía, sus dedos bajaron hasta el tallo para cortarla, deseaba que iluminara su propio jardín.

No tuvo en cuenta que las rosas tienen espinas ocultas tras su fragancia, y que nunca deben ser arrancadas, solo hay que disfrutarlas mientras su canción resuena en los oídos. Son ellas quienes esparcen su fragancia en el aire para vivir en el jardín de tu alma. Son ellas quienes eligen al que las regará hasta el final de sus días, hasta que un día sus pétalos caigan para renacer de nuevo... que son realmente ellas quienes nos eligen.

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