Cuenta la leyenda que Leonardo da Vinci dijo a su discípulo, tras la conversación con Cesar Borgia, que le haría pasar a su servicio, al preguntarle este, si se fiaba del mandatario:
“La gente no se fía de las personas perversas cuando lo son, pero es más preocupante cuando estas se muestran afables. Son mucho más peligrosas.”
Sea la cita verdadera o falsa, sí hay un fondo de verdad en la frase. La perversidad es algo íntimamente vinculado al hombre desde siempre, y se muestra de diversas maneras.
Rousseau también dice que “el hombre nace bueno y sociable -se humaniza en tanto que vive en sociedad- pero que es la sociedad, quien se opone a las leyes naturales, y lo va corrompiendo a través de la educación”.
El dañar a otro, por el simple acto de hacerlo, por animo de venganza, nos produce tal placer, que lo repetimos, aún cuando ya no tiene consecuencias sobre nuestras vidas. Seguramente, nunca las tuvo. Es el placer de vencer en una batalla inexistente. Es mostrar un poder que solo nosotros nos adjudicamos, que no existe, que está solo en nuestra mente.
Vivir y dejar vivir no es algo que esté muy presente en la vida cotidiana. Perdemos el tiempo intentando averiguar la vida de los demás. Aunque no los conozcamos personalmente,-revistas y programas del corazón, chismorreos sobre personas que solo pasan a nuestro lado por la calle, etc.-, incluso rechazamos ofertas, que si las acepta otra persona, las deseamos como si fueran de nuestra propiedad, al haberla recibido antes que ellos.
Es la forma de perversión más común. Cesar Borgia sigue presente en nuestro siglo, sentado en la mesa de al lado en la cafetería. Solo nos queda ser como Leonardo, y mirar fijamente los ojos de las personas, para su descubrir el interior.
Como dijo Anna Teresa Lambert: “Vivimos con nuestros defectos igual que con nuestros olores corporales: nosotros no los percibimos y no molestan salvo a quienes están con nosotros.”
“La gente no se fía de las personas perversas cuando lo son, pero es más preocupante cuando estas se muestran afables. Son mucho más peligrosas.”
Sea la cita verdadera o falsa, sí hay un fondo de verdad en la frase. La perversidad es algo íntimamente vinculado al hombre desde siempre, y se muestra de diversas maneras.
Rousseau también dice que “el hombre nace bueno y sociable -se humaniza en tanto que vive en sociedad- pero que es la sociedad, quien se opone a las leyes naturales, y lo va corrompiendo a través de la educación”.
El dañar a otro, por el simple acto de hacerlo, por animo de venganza, nos produce tal placer, que lo repetimos, aún cuando ya no tiene consecuencias sobre nuestras vidas. Seguramente, nunca las tuvo. Es el placer de vencer en una batalla inexistente. Es mostrar un poder que solo nosotros nos adjudicamos, que no existe, que está solo en nuestra mente.
Vivir y dejar vivir no es algo que esté muy presente en la vida cotidiana. Perdemos el tiempo intentando averiguar la vida de los demás. Aunque no los conozcamos personalmente,-revistas y programas del corazón, chismorreos sobre personas que solo pasan a nuestro lado por la calle, etc.-, incluso rechazamos ofertas, que si las acepta otra persona, las deseamos como si fueran de nuestra propiedad, al haberla recibido antes que ellos.
Es la forma de perversión más común. Cesar Borgia sigue presente en nuestro siglo, sentado en la mesa de al lado en la cafetería. Solo nos queda ser como Leonardo, y mirar fijamente los ojos de las personas, para su descubrir el interior.
Como dijo Anna Teresa Lambert: “Vivimos con nuestros defectos igual que con nuestros olores corporales: nosotros no los percibimos y no molestan salvo a quienes están con nosotros.”
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